La sociedad está en constante cambio, y observarla es un ejercicio necesario para que podamos evitar ciertos comportamientos por presión o ignorancia.
Si antes, para mostrar el aprecio de alguien se marcaba un encuentro para un café, o se hacía una llamada telefónica, o se enviaba una carta, hoy, basta un «me gusta», para decir todo y cualquier otra cosa.
Hay quien considera las reacciones a sus publicaciones como un capital que impulsa o derriba su autoestima. Por eso, revisa «trescientas» veces quién comentó o le dio «me gusta» a una foto, por ejemplo.
Pero ¿qué significa la interacción, como los «me gusta», y qué hay por detrás de esa pequeña acción?
– Hay quienes hacen de ella un apoyo amigable a su publicación. Puede ser la tía, la abuela, la madre, el amigo. Gente que le gusta todo, porque lo aman a usted.
– Otros, porque quieren dejar registrado que están atentos a lo que usted está haciendo. Son los espías en su perfil.
– Hay a quienes les gusta adular y van a darle «me gusta» a cualquier cosa sin criterio o evaluación alguna, solo para «hacerle la barba».
– Hay a quienes les gusta intercambiar «me gusta». Gente interesada y que busca interactuar. «Dale “me gusta” a mi foto, para darle “me gusta” a la tuya», ¿quién ya ha visto eso?
– Hay quienes dan un «me gusta» sin que les guste, pero solo porque se ven obligados a hacer eso.
– Incluso hay quienes sin querer se toparon con algo y le dieron «me gusta», es decir, fue un accidente de desplazamiento por falta de familiaridad con la red social. Entonces, le da «me gusta» y luego lo quita después.
– Hay a quienes realmente les gusta. Entonces, al ver y evaluar, van a reaccionar de manera positiva y sincera.
¿Y cuántos otros motivos no existen para esos códigos, no es así?
¿Qué es real en las redes sociales y qué es fantasía?
Ante esta nueva normalidad, ¿cómo va nuestro comportamiento en las redes sociales? Moderado, económico, derrochador de
likes
, detective, crítico al extremo…
¿Nuestros dedos son como un martillo en la mano de un juez o como la pluma en la mano del escritor?
Por Núbia Siqueira
